Nos levantábamos a muy temprana hora, debido a que en ese
rincón del mundo hacía un calor similar al del infierno. Tan solo al
despertarnos, caminábamos como espectros sumidos en la más profunda oscuridad,
sin más luz que la que nos proporcionaba la luna o las luciérnagas. Ver las
luciérnagas cada mañana me recordaba al juego que llevábamos a cabo cada noche,
de ver quien conseguía avistar la primera luciérnaga del atardecer. Pero a esas
mañaneras horas no había ni ánimo ni ganas de jugar, así que obedecíamos e
íbamos a trabajar. Al acabar con las labores en el campo, al ser la única
mujer, me tocaba a mi aprender a hacer comida que odiaría por el resto de mi
vida con la receta memorizada de por vida. Después la tarde la podía pasar con
mi abuelito, el cual nunca decía que no a disfrutar de unas horas recogiendo
especímenes del río, nuestro lugar secreto favorito. Al volver a casa me
esperaba una cena caliente, y acto seguido, meterme en la cama para dormir y
prepararme para el día siguiente, que solía ser un monótono horario, sin contar
por supuesto que las horas con mi abuelo no eran nunca iguales.
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