Cuántos recuerdos al volver a casa, después de tanto tiempo.
Todavía me acuerdo de todas las veces que se la jugamos a Viola, o de cuantas
veces nos habíamos sentado en ese porche a contar luciérnagas, o esa cocina que
tanto había llegado a odiar, o…cuando llegamos al laboratorio se me partió el
corazón. Una pequeña parte de mi seguía esperando al abuelo con su sonrisa que
me dijera:”Muy bien Calpurnia, apunta esto también en tu cuaderno”. Tengo
grabado a fuego el día en que él se fue, y recordando la pérdida del hombre,
que hombre, la única persona que me entendió en esos tiempos de mente cerrada
donde los hombres eran hombres, y las mujeres tenían que estar en casa, me cayó
una solitaria lagrima. ¿Quién lo diría, eh abuelito?, ahora en la universidad.
Estudiando biología, tal y como tú me enseñaste. A no poner nombre a los
experimentos, y que en caso de ponérselos, no encariñarme. Petey fue una gran oruga, y una enorme polilla, pero siempre me
acuerdo como me hiciste que el tiempo de espera para ver su fea metamorfosis se
me hiciera eterno. Abuelo, ojalá estuvieras aquí, pero como sé que aunque no
estés siempre velarás por mí, estoy tranquila. Ojalá algún día llegue a ser la
mitad de grande de lo que llegaste a ser para mí. Te quiero abuelito.
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